Uno

Uno es el verano que te conocí. Uno el gesto que me enamoró de ti: me saludaste haciendo una reverencia y besando mi mano, como si de una princesa se tratara. Uno fuiste tú, el príncipe que pasó por mi vida, y una la historia de amor vivida.

Una es tu sonrisa, suave brisa en medio del desierto. Uno tu olor, dulce mezcla de mar y fruta silvestre. Una es tu boca, siempre con la palabra adecuada y el beso oportuno. Una es la mano que usabas para ponerme el mechón de pelo tras la oreja, secarme una lágrima, acariciarme el pelo y coger mi mano para no soltarla en horas. Decías que si nos cogíamos mucho rato, al final se fundirían la una en la otra y no tendríamos más remedio que estar juntos para siempre. Ser uno para la eternidad. Ojalá hubiese funcionado.

Uno es el día en el que decidiste marchar, y uno el consejo que me diste: “Si no te tratan como a una princesa, no te merecen”. Una es la mirada que me dedicaste antes de irte, llena de amor y serenidad, llena de vida, una vida que tenía el tiempo en contra. Uno fue el ruido que indicaba el fin. El corazón, tu corazón, ya había dejado de latir.

Una es la vida que se va, en la que el tiempo ha volado y se ha desvanecido; una es la vida que se queda, en la que el tiempo pesa como el rocío en la débil flor, cansada del viento y la lluvia.

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