Pequeña

Sus pies se movían lentos, indecisos, sin una dirección clara. Sus manos temblaban, y no aguantaba el equilibrio. Cinco pasos después, cayó. La diadema de mariposas, enredada en sus rizos, cayó al suelo. Su cuerpo yacía inerte, hecho un ovillo, ahí delante. Comenzó a estremecerse. Lloraba silenciosamente, con miedo a que yo pudiera estar enfadado. Levantó la cabeza y miró alrededor, con esos ojos grandes, vivos, verdes. Sus cejas se arrugaban a medida que los segundos pasaban y no veía a nadie alrededor. Puso las manos en el suelo y se impulsó, pero no tenía la fuerza necesaria para ponerse en pie. Lo intentó otra vez, sin éxito. Su barbilla volvía a temblar, y ya no tenía fuerzas para probar de nuevo.

Al decir mi nombre, fui hacia ella. Sus ojos grandes me miraron, brillantes. Sus cejas ya no estaban arrugadas. Su barbilla había dejado de temblar, y las lágrimas ya no brotaban. Le puse la diadema en su cabello, le limpié la cara. Le sonreí, y le di mi mano. Ella se agarró con todas sus fuerzas, movió sus pies, se tambaleó, pero logró ponerse en pie. Me cogía fuerte, por miedo a que desapareciese de su lado. Pero me acerqué a su oído y le dije que nunca me iba, que yo estaba siempre con ella. E hicimos un pacto. Cada vez que cantara su canción, ella sabría que voy junto a ella. Sonrió, y se durmió entre mis brazos.

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