Hubo una vez

Hubo una vez en que miraba y no veía. El mundo era en blanco y negro, y ella llevaba un vestido rojo que iba perdiendo el color a medida que perdía lágrimas. Sus manos eran frías; siempre estaban entumecidas, no sentían la vida, el calor. Sus ojos eran azules, pétreos, fríos, impenetrables. Sus labios se escondían en una fina línea casi invisible. Andaba por la calle lenta, sin prisa, sin ganas, sin saber adónde ir. Miraba al suelo, mientras el cielo brillaba por ella. Y así, su corazón se iba ralentizando con el paso del tiempo, haciendo cada vez menos ruido, menos impacto, menos bombeo. Y entonces apareció él, la única persona a color en su mundo. Él, con su sonrisa, que ponía la banda sonora de sus días. Él, con sus brazos, que devolvía el calor a su cuerpo. Él, que con sus ojos devolvía el calor y el color a sus mejillas. Él, que con su amor, inundaba el mundo de color y alegría.

Hubo una vez en que el mundo era blanco y negro. Pero esa vez terminó, porque los colores se apoderaron de él para hacerlo bonito, para darle vida.

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