Redención

En mitad de la noche, las estrellas lloran. La lluvia cae sobre él y moja su ropa y cala en sus huesos. El frío es su única compañía. Sus manos están entumecidas, y los cristales de las gafas empañados. No queda rastro de sus rizos negros; ahora es solo pelo mojado. Los truenos sofocan su llanto. Está enfadado consigo mismo, por no haber cedido. Por haberse hecho caso a sí mismo sin escucharlo, por haberle odiado. Ahora, de pie ante una tienda de chocolates, revive todas las miradas lascivas, toda su ira, su angustia. Él gritaba, mas la respuesta que recibía era otra bien distinta. Sus ojos nunca le habían esquivado, ni amenazado; siempre tenían ese tono meloso y esa ternura. Se acerca al escaparate, y escribe esa palabra tan hiriente y consoladora a la vez. Nunca lo había llamado así, se lo había prohibido. Para no querer, para protegerse. Se sienta junto a la puerta, y apoya la cabeza en la pared. Poco a poco, va perdiendo la movilidad en las manos y los pies; ya no siente nada, ni tampoco oye. Como si estuviera envuelto en una burbuja aislante. Y allí está él, como siempre, abrazándolo. El frío desaparece; solo hay sensación de calor. El hombre lo abraza con más fuerza, y él susurra y pide perdón. Le dice que no volverá a odiarlo. El hombre lo recoge del suelo, y lo carga a cuestas. De camino a casa, le dice al oído: “Todo está bien. Te quiero. No importa nada de lo que has hecho, porque yo te quiero”.
Atrás queda la tienda de chocolatinas, y el cristal empañado, y “papá” escrito en él.

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