Un sueño

Ayer te soñé. Creí que estabas aquí, a mi lado. Que venías a solucionar las cosas, a serenar mi corazón. Por un momento, creí que todo era real, y que podía tocarte con las yemas de mis dedos. En el sueño, eras un vendaval que con prisa calmaba el sufrimiento. Eras un susurro que acallaba los gritos y estruendos. Eras la lluvia que secaba el llanto. Eras el sol que estremecía a la sombra y el miedo. Todo estaba bien cuando tú estabas aquí; aparecían sonrisas de nuevo, y los ojos volvían a brillar. El frío no calaba en los huesos, y la ciudad volvía a tener vida, con luces y sonidos. Pero solo fue eso, un sueño. Al despertar, todo sigue igual. Las sonrisas son un vago recuerdo de tiempos lejanos en los que tú estabas aquí. Los ojos no brillan, porque las lágrimas van apagando poco a poco su color. Las risas no son más que gritos de auxilio. No hay ruido de coches, sino de bombas, metralletas y muertes. No hay sol, pues las nubes tapan sus rayos para ocultar la esperanza en nuestra vida. No hay luz, porque no podemos soportar ver cómo el color rojo tiñe todo a nuestro alrededor.

¿Por qué hemos dejado que te fueras? No hemos sabido cuidarte, quizá por nuestro egoísmo. No hemos sabido valorarte, quizá por nuestra avaricia. No hemos sabido buscarte, quizá por nuestra soberbia. Lo siento, paz, porque hemos sido humanos, y te hemos fallado.

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