Esos momentos en los que eres tú. Sin máscaras, sin engaños. Respiras, te relajas, y un peso desaparece de tu cuerpo. Un grito cuando estás furioso, una carcajada cuando disfrutas, un beso cuando mueres de amor, una lágrima cuando hay tristeza. Simplemente tú. Llega el viento y arranca las etiquetas de tu cuerpo, de tu pelo, de tus ojos, de tu alma. Después de años escondido en el rincón oscuro. Por miedo. A las miradas, a las palabras, a las heridas. Un corazón débil que ahora busca el sol. Que poco a poco siente sus latidos, que vuelve a vibrar. Un corazón que se había creado una capa de hojalata para taparse, para protegerse. Y ahora, como en El Mago de Oz, la hojalata tiene vida, y poco a poco se despega de la piel rojiza del corazón. Y entonces llega ella y lo abraza con fuerza. Con un amor que había olvidado, un calor que no recordaba haber sentido. Una vitalidad que te hace ir deprisa, cada vez más deprisa. Ansia de vivir. Y ya no te sientes solo, porque los dos corazones laten al compás, creando una melodía de colores y olores que impregnan sus ojos y sus almas. Y la quieres, tanto que la piensas. Y no la olvidas. Y el triste y solo corazón ya no está triste ni solo, porque se ha creado un lazo invisible entre los dos. Donde va uno, está el otro. Lo que vive uno, el otro también. Cuando uno llora, el otro abraza. Te has encontrado, te sientes amado. Por lo que eres, por tu existencia. Por tus años, por tus horas. Lo tienes todo.

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