Mira

Eres un espejo. Te miras y ves lo que no te gusta, tus imperfecciones, tus debilidades, tus fallos. Frente a otros, los reflejas a ellos y solo ven lo que ya conocen. Se ven a sí mismos, su cara, sus ojos, sus movimientos, su esencia. Y tú permaneces en un segundo plano, invisible, intocable, misterioso. Por miedo. A que vean lo mismo que ves tú, lo malo, lo feo. La gente se acerca, y tú muestras lo que crees que deben ver, lo que les gustaría, lo que te acercaría más a ellos. Y un día, te ponen frente al espejo. “Mira lo que yo veo”, dicen. Y no señalan tu poca altura, tu grano o tus pies. Señalan tus ojos; brillan y no te habías dado cuenta. Señalan tu mano enlazada a la suya, y sonríes. La notas cálida, firme, eterna. Señalan tu sonrisa, que muchas veces no está pero te fijas y en realidad es bonita. Y señalan tu corazón. No se ve, porque está muy escondido y protegido. Pero notas que late más fuerte cada vez que alguien te abraza, te mira, te habla, te quiere. Porque se hace grande. Pero no tiene espacio, porque está guardado. Y solo hay una forma de liberarlo: con cada sonrisa, con cada palabra sincera, con cada detalle y sentimiento compartido. El corazón crece y se libera. Para que se refleje en ti, y tú, espejo, puedas hacer que los demás te vean. Aunque el espejo se rompa, o lo roben. Porque el espejo lo pueden robar, pero tu corazón no. Ni a ti tampoco.

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