Agua

Sentado en aquella silla, nervioso e incómodo, esperando el turno, la vio. Justo delante de él, había una marca de agua en una de las sillas. Tenía forma de mano, como si alguien se hubiera apoyado allí. ¿Para qué? ¿Por casualidad, o para dejar huella? Su mente no se apartaba de allí, de aquella marca. Se acordó de aquella chica, que solo vivía para ser recordada. Hasta aquel momento no lo había pensado mucho, pero vio que aquello era deprimente. ¿Querer ser recordado? ¿Por quién? ¿Para qué? Esa mano de agua marcada en esa silla cualquiera de una sala de espera de un centro de salud no era nada; probablemente en unas horas, cuando alguien se diera cuenta, se limpiaría y ya nadie más se acordaría de eso. La vida va demasiado rápida como para inmortalizar cosas pequeñas, por desgracia. El éxito y la fama son como esa marca de agua, que después de un tiempo desaparecen. Ya casi nadie sabe quién pisó primero la luna, ni tampoco importa; durante un tiempo fue recordado, pero si luego fue otro a Marte el primero dejó de ser importante. Porque el mundo va así, nuestra memoria es así, e incluso nuestros sentimientos son así. Nos quedamos con lo nuevo, con lo más reciente, con aquello que nos hace sentir ahora, hasta que deje de hacerlo. ¿Y para qué querer ser recordado? ¿Por qué aquel hombre dejaría allí su huella? Para él, el chico nervioso e incómodo sentado en la silla de delante esperando el turno, aquella mano no era más que eso, una mano. Aunque hubiera sido la mano descubridora de una raza de perro, no tendría más importancia. Pero para la familia de aquella mano, esa huella era importante. No importa lo que hubiera hecho esa mano, los descubrimientos, las hazañas. Esa mano no será recordada por eso. La fama pasa, el amor permanece. Esa mano será recordada por el amor que puso en las cosas que hacía, por su esfuerzo y su generosidad hacia los demás. La primera persona que llegó a la Luna no fue recordada por ir hasta allí, sino por volver, por su cara de emoción, por sus abrazos, por sus sonrisas.

Cuando la doctora lo llamó, salió de su ensimismamiento. En ese rato que habían parecido horas se dio cuenta de algo muy importante: que un momento de gloria no puede salvar lo que en una vida no has hecho.

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