Adiós, Carpe diem

Ayer fui a ver las fuentes de Montjuïc. Recuerdo que, de pequeña, me quedaba embobada viendo el espectáculo de luces en el agua mientras sonaba música de Disney y todo el mundo sonreía al reconocerla. Ayer, la música que sonaba no era la de las películas de dibujos que marcaron una época, sino la comercial. Como en todas partes. Y, aunque apagaron las farolas en el momento en que el espectáculo comenzaba, las luces de colores no fueron las únicas que se veían en el lugar. Cientos de pantallas de móviles se alzaban por encima de las cabezas, intentando encuadrar bien la escena y captar el momento perfecto para presumir luego de ello en las redes o con los amigos. Ya nadie estaba atento a la música, ni siquiera a los efectos que la luz creaba al proyectarse en el agua; solo había fotos, fotos y más fotos. Y entonces comprendí que, al igual que la era Disney de los 90, la época del Carpe diem había llegado a su fin. Ese tópico latino que caracterizaba a la juventud en el auge de su revolución contra el mundo y sus normas se ha diluido con la llegada de la modernidad. Las selfies y las redes sociales han acabado con él. Porque sí, los jóvenes van a tope con sus vidas, pero no las disfrutan. Salen de fiesta los viernes (y los jueves, los sábados y los lunes), pero se preocupan de retratar el modelito que llevaban y la chica con la que pasaron el rato en vez de disfrutar. Van a la playa y se tiran media tarde buscando la forma perfecta de meter sol, agua, arena y ego en la fotografía en vez de escuchar el mar y relajarse. Están en una comida familiar haciéndose fotos o vídeos para que sus amigos crean que están disfrutando y no se ríen del cuñado o de la broma del tío. Pasan el día con su pareja y llegan a casa con mil y una fotos iguales que han repetido hasta dar con la “perfecta”, sin haber hablado con el otro. Así que sí, hacen cosas, más que los jóvenes de antes, y con más libertad. Pero las disfrutan mucho menos. Porque están más pendientes de demostrar que su vida es genial y que llevan por lema el ya gastado Carpe diem que de hacerlo realidad. No disfrutan de los amigos y las conversaciones; no disfrutan de las legendarias excursiones ni de su ciudad. No viven el momento, ni el mundo, solo viven para hacer fotos y aparentar. Y no les queda mucho tiempo para poder hacerlo, porque el tiempo vuela, y la vida muere. Y todo tiene su fin. Así que si hay algo que les define, no es el Carpe diem como a la generación anterior, sino más bien el Tempus fugit.

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