Bienvenida, hipocresía

Jordi Évole tiene razón. En este momento, nuestro querido país (del que presumimos ayer y con razón -solo en algunas cosas-) nos da entretenimiento mientras pasan las cosas importantes. El corte de las mangas en la camiseta de Piqué importa más que los recortes en sanidad o educación. Que no tengamos internet en casa es más crucial que personas que tienen que irse a vivir a la calle porque no pueden pagar su casa, que ya no es suya. Un programa de telebasura genera más audiencia que otro que intenta explicarnos, con más o menos éxito, lo que está pasando mientras estamos sentados a la mesa o al sofá tranquilamente. Que haya gente estafada que intenta venir aquí para sobrevivir no importa. Que paguen más de 500€ por una lancha hinchable que comparten con 150 personas, con niños, bebés y embarazadas no importa. Que arriesguen su vida para venir a un país que “mira, pero no toca”, no importa. Que hagan el viaje para después tener que volver por donde han venido porque aquí no los quieren, no importa. Mentira: sí los quieren. Pero solo a unos cuantos. A los mejores. Se trata de hacer selección. La selección de la hipocresía, diría yo. Elegimos, y me incluyo porque -por suerte o por desgracia- también vivo en España, a los que nos hacen quedar bien. Elegimos a Osram y le damos lo mejor, porque es el niño símbolo, y entonces nosotros somos los héroes. Elegimos al famoso padre que, con su hijo, recibió la patada de una periodista; le damos una buena vida, le hacemos entrenador de fútbol, y quedamos como reyes. A Aylan, por desgracia, no pudimos ayudarlo a tiempo; pero si hubiera sobrevivido, ahora estaría en España con una buena vida asegurada. Pero el verdadero problema es que hay más Aylan por ahí, en medio del mar sin comida y sin la seguridad de seguir viviendo; hay más Osman por allí; hay más familias que luchan por aferrarse a algo que les asegure la vida. Pero parece que si no ponemos cara y descubrimos el drama, entonces no importa. Lo estoy viendo: en medio de la cena, miramos la pantalla que explica la historia del niño que ha logrado sobrevivir a ese tormentoso viaje -a veces con incluso la piel de gallina o alguna lagrimilla-, y en cuanto el presentador o presentadora cambia de tema, se nos olvida lo que nos acaban de contar y desaparece ese mal. Y así cada día. El entretenimiento está carcomiendo la sociedad, las conversaciones, los valores, las mentes. Las personas. Ya no importa nada más que nuestro alrededor. Lo demás puede ser triste, pero no nos afecta y no nos importa. Así que solo se puede decir una cosa: “adiós humanidad, bienvenida hipocresía”.

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